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lunes, 12 de octubre de 2015


Eran las 23:45, lo recuerdo con gran nitidez. Justo acababa de mirar el reloj y al levantar los ojos me choqué con tu mirada.”Qué electricidad” resonó en mi cabeza,  y por fin  después de un buen rato esperando a que en el monitor pusiese “landed” detrás de una valla que me impedía correr a tu encuentro, ahí estabas. Me había invadido minutos antes una sensación que me hacía querer colarme dentro para buscarte corriendo por todo el aeropuerto.

Ahí estabas. En frente de mí, avanzando con esa sonrisa que siempre llevas puesta y haciendo que me olvidase del empujón que me acababa de llevar porque alguien quería quitarme el sitio a toda costa.
Si algo odio de los aeropuertos es tener que esperar detrás de esas malditas vallas a que se abran las puertas continuamente con la esperanza de que esa vez salga quien esperas y no otra persona.

Ahí estabas tú. Y ahí estaba yo. Sin importar por cuanto tiempo, pero para aprovechar cada minuto porque no podría ser de otro modo.
¿Cómo iba a perderme aquél momento? ¿Cómo iba a renunciar a verme otra vez en el reflejo de tus ojos por unas horas? Esos que me miran desde hace algún tiempo cuando amanece, y que contradicen a todo aquél que se atreva a afirmar que la distancia termina con todo. Esos que me ven crecer y que saben ganarme día a día, estando a mi lado aún sin estar.

Gracias a gente como tú la vida es chula, las esperas se pasan volando, y yo por fin he podido aprender la importante y única función que tiene la gente mala en el mundo: ayudarme a valorar mucho más a la gente buena.
Ayudarme a entender que tarde o temprano llegarías y que, después de algunos atardeceres en tu compañía y de tantas noches divertidas, de despedidas románticas, de mensajes inesperados, de reencuentros, de risas, de alguna que otra lágrima, de cosquillas y de mimos; de compartir colchón, almohada y sueños.

De cumplir años y promesas, de subir montañas, de descubrir mundo, de probar cosas nuevas, de besos que saben a gloria, de abrazos en los que quiero parar el tiempo. De los mejores regalos del mundo y de detalles que merecen la pena. De escribir nuestra historia en un cuaderno, de bocatas compartidos y de planes de futuro que tenemos en mente.

De la cantidad de horas muertas en estaciones y aeropuertos, de cocinar juntos, de empaparnos hasta los huesos por no tener paraguas, de llamadas de Skype, de canciones que escribieron para nosotros. De coronas de princesa, de vasos de leche fría y sin colacao, de bailes improvisados en tu terraza y en mi habitación. De largas conversaciones que abarcan todos los temas abarcables y de horas de silencio porque no hace falta decir ni mú. De no fallar ni una vez cuando más haces falta y de preocuparte y cuidarme cuando lo necesito y cuando no. De millones de fotos juntos, de los chistes malos del día. De películas, de contarte los lunares de la espalda cuando estás dormido, de minutos de gloria que valen más que todo el oro del mundo… quién me lo iba a decir. Que todo esto que estamos construyendo merece la alegría, por que siempre he odiado la expresión “merece la pena”.
Y es que, después de tanto y a la vez tan poco, en comparación con lo que está por venir, sólo puedo decirte que no lo podemos dejar escapar porque esto es algo que sucede una vez y nunca más. 

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