Podías haberme pasado por alto y yo haber seguido con mi
insulsa vida de permanente domingo y pitillos a medias en la puerta de la
facultad. Podía haber hecho caso a la voz que empezó a decirme que me iba a
arrepentir. Le hice caso de hecho, pero no escuché de qué me arrepentiría
después y me lancé a por todas. Y a por ti. Sin paracaídas y sin salvavidas. Ni
yo me reconocía y claro, cuando me quise dar cuenta de que planear no es lo
mismo que volar ya me había dado el tortazo. Pero no me reprocho nada porque
salté al vacío con la certeza de que si acaso era una caída libre ya me las
arreglaría para cuando necesitase paracaídas.
Podías haber seguido sentándote al final sin hacer ruido en
mi vida y yo haber seguido obviando tu existencia porque estaba realmente
tranquila sin ti. Con mis más y mis menos, ya sabes, mis rompecabezas de fin de
semana y llegando siempre tarde.
Mi amiga Raquel dice que uno quiere y otro se deja querer. Y
lo que a mí me pasó es que nunca quise dejar de creer en ti. Pero también me dice
que nunca juegue todas mis cartas y yo las mostré desde el principio. Todas.
Para que si algún día tenía que arrepentirme, no fuese por no haber jugado
limpio y hasta el final.
Pero ya ves, se trata de jugar y pierdo una y otra vez.
Será que de momento no es mi partida o que nunca me gustó
mucho eso de no tener tierra firme bajo mis pies. Será esa mierda que dicen de
que las cosas buenas están siempre por llegar. No me lo creo.
Que alguien me explique el porqué, pero que
no me intente convencer con una mentira que además me estoy volviendo cada vez
más desconfiada. “Aprende a ponerte la coraza”. Prometo que estoy aprendiendo.
Y que alguien intente convencerme con algo realmente bueno
porque mi respuesta siempre será que por si acaso lo prefiero todo ahora, por
si cuando llega ya me he ido. No sé a dónde ni por cuanto tiempo, sólo que me
habré ido.
De donde tenía que haberme largado hacía tiempo o de donde
pensé que quizá nunca me iban a echar.
No me arrepiento en absoluto porque un día quise quedarme,
simplemente es que he comprendido que cada uno tenemos un lugar en el mundo y
desde luego ese no era el mío. Si nunca lo fue no lo sé porque un día lo sentí
mío e indestructible. Pero ya ves, a veces basta el aleteo de una mariposa para
que en la otra punta del mundo se genere un huracán.
Y pienso que ojala pronto se borren mi huellas de por aquí,
por autocompasión quizá porque creo que se borraron incluso antes de que decidiese
irme. No sé si las mareas de septiembre harán el resto. No sé si naufragaré en
alguna de las tormentas que se avecinan, lo que si puedo asegurar es que estoy
esperándolas. A todas ellas. Que no haré nada por evitar lo inevitable pero
tampoco correré a su encuentro. Que venga cuando tenga que venir porque siempre
estaré esperándolas. Aunque lleguen siempre tarde, como yo. Y será mi sitio, de
eso estoy segura, por lo que cojo mis tropiezos y me voy.
Puedes hacer lo que quieras con los recuerdos, yo tengo el
terrible defecto y la enorme virtud de perdonar y olvidar. Y no te escribo a ti, sino a mí y a mi amiga Raquel
para que vea que sé que puedo, aunque me resista al quiero.
Me voy a donde sea, no sé si a dos paradas de autobús o a la
vuelta de la esquina. A alguna ciudad con mar, o mejor no. A mirar la ciudad
desde la ventana de alguna cafetería y a pensar en porqué no dejo de pensar. En
mí, desde luego.
Me voy de donde hace tiempo debí de darme cuenta que era
prescindible, y como siempre me voy tarde, pero me voy.

"Mi amiga Raquel dice que uno quiere y otro se deja querer. Y lo que a mí me pasó es que nunca quise dejar de creer en ti. Pero también me dice que nunca juegue todas mis cartas y yo las mostré desde el principio. Todas. Para que si algún día tenía que arrepentirme, no fuese por no haber jugado limpio y hasta el final.
ResponderEliminarPero ya ves, se trata de jugar y pierdo una y otra vez"
Grande.
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