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martes, 31 de marzo de 2015



Podías haberme pasado por alto y yo haber seguido con mi insulsa vida de permanente domingo y pitillos a medias en la puerta de la facultad. Podía haber hecho caso a la voz que empezó a decirme que me iba a arrepentir. Le hice caso de hecho, pero no escuché de qué me arrepentiría después y me lancé a por todas. Y a por ti. Sin paracaídas y sin salvavidas. Ni yo me reconocía y claro, cuando me quise dar cuenta de que planear no es lo mismo que volar ya me había dado el tortazo. Pero no me reprocho nada porque salté al vacío con la certeza de que si acaso era una caída libre ya me las arreglaría para cuando necesitase paracaídas.
Podías haber seguido sentándote al final sin hacer ruido en mi vida y yo haber seguido obviando tu existencia porque estaba realmente tranquila sin ti. Con mis más y mis menos, ya sabes, mis rompecabezas de fin de semana y llegando siempre tarde.

Mi amiga Raquel dice que uno quiere y otro se deja querer. Y lo que a mí me pasó es que nunca quise dejar de creer en ti. Pero también me dice que nunca juegue todas mis cartas y yo las mostré desde el principio. Todas. Para que si algún día tenía que arrepentirme, no fuese por no haber jugado limpio y hasta el final.
Pero ya ves, se trata de jugar y pierdo una y otra vez.

Será que de momento no es mi partida o que nunca me gustó mucho eso de no tener tierra firme bajo mis pies. Será esa mierda que dicen de que las cosas buenas están siempre por llegar. No me lo creo.
Que alguien me explique el porqué, pero que no me intente convencer con una mentira que además me estoy volviendo cada vez más desconfiada. “Aprende a ponerte la coraza”. Prometo que estoy aprendiendo.  
Y que alguien intente convencerme con algo realmente bueno porque mi respuesta siempre será que por si acaso lo prefiero todo ahora, por si cuando llega ya me he ido. No sé a dónde ni por cuanto tiempo, sólo que me habré ido.
De donde tenía que haberme largado hacía tiempo o de donde pensé que quizá nunca me iban a echar.

No me arrepiento en absoluto porque un día quise quedarme, simplemente es que he comprendido que cada uno tenemos un lugar en el mundo y desde luego ese no era el mío. Si nunca lo fue no lo sé porque un día lo sentí mío e indestructible. Pero ya ves, a veces basta el aleteo de una mariposa para que en la otra punta del mundo se genere un huracán.
Y pienso que ojala pronto se borren mi huellas de por aquí, por autocompasión quizá porque creo que se borraron incluso antes de que decidiese irme. No sé si las mareas de septiembre harán el resto. No sé si naufragaré en alguna de las tormentas que se avecinan, lo que si puedo asegurar es que estoy esperándolas. A todas ellas. Que no haré nada por evitar lo inevitable pero tampoco correré a su encuentro. Que venga cuando tenga que venir porque siempre estaré esperándolas. Aunque lleguen siempre tarde, como yo. Y será mi sitio, de eso estoy segura, por lo que cojo mis tropiezos y me voy.

Puedes hacer lo que quieras con los recuerdos, yo tengo el terrible defecto y la enorme virtud de perdonar y olvidar. Y no te escribo a ti, sino a mí y a mi amiga Raquel para que vea que sé que puedo, aunque me resista al quiero.

Me voy a donde sea, no sé si a dos paradas de autobús o a la vuelta de la esquina. A alguna ciudad con mar, o mejor no. A mirar la ciudad desde la ventana de alguna cafetería y a pensar en porqué no dejo de pensar. En mí, desde luego.
Me voy de donde hace tiempo debí de darme cuenta que era prescindible, y como siempre me voy tarde, pero me voy.