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lunes, 12 de octubre de 2015


Eran las 23:45, lo recuerdo con gran nitidez. Justo acababa de mirar el reloj y al levantar los ojos me choqué con tu mirada.”Qué electricidad” resonó en mi cabeza,  y por fin  después de un buen rato esperando a que en el monitor pusiese “landed” detrás de una valla que me impedía correr a tu encuentro, ahí estabas. Me había invadido minutos antes una sensación que me hacía querer colarme dentro para buscarte corriendo por todo el aeropuerto.

Ahí estabas. En frente de mí, avanzando con esa sonrisa que siempre llevas puesta y haciendo que me olvidase del empujón que me acababa de llevar porque alguien quería quitarme el sitio a toda costa.
Si algo odio de los aeropuertos es tener que esperar detrás de esas malditas vallas a que se abran las puertas continuamente con la esperanza de que esa vez salga quien esperas y no otra persona.

Ahí estabas tú. Y ahí estaba yo. Sin importar por cuanto tiempo, pero para aprovechar cada minuto porque no podría ser de otro modo.
¿Cómo iba a perderme aquél momento? ¿Cómo iba a renunciar a verme otra vez en el reflejo de tus ojos por unas horas? Esos que me miran desde hace algún tiempo cuando amanece, y que contradicen a todo aquél que se atreva a afirmar que la distancia termina con todo. Esos que me ven crecer y que saben ganarme día a día, estando a mi lado aún sin estar.

Gracias a gente como tú la vida es chula, las esperas se pasan volando, y yo por fin he podido aprender la importante y única función que tiene la gente mala en el mundo: ayudarme a valorar mucho más a la gente buena.
Ayudarme a entender que tarde o temprano llegarías y que, después de algunos atardeceres en tu compañía y de tantas noches divertidas, de despedidas románticas, de mensajes inesperados, de reencuentros, de risas, de alguna que otra lágrima, de cosquillas y de mimos; de compartir colchón, almohada y sueños.

De cumplir años y promesas, de subir montañas, de descubrir mundo, de probar cosas nuevas, de besos que saben a gloria, de abrazos en los que quiero parar el tiempo. De los mejores regalos del mundo y de detalles que merecen la pena. De escribir nuestra historia en un cuaderno, de bocatas compartidos y de planes de futuro que tenemos en mente.

De la cantidad de horas muertas en estaciones y aeropuertos, de cocinar juntos, de empaparnos hasta los huesos por no tener paraguas, de llamadas de Skype, de canciones que escribieron para nosotros. De coronas de princesa, de vasos de leche fría y sin colacao, de bailes improvisados en tu terraza y en mi habitación. De largas conversaciones que abarcan todos los temas abarcables y de horas de silencio porque no hace falta decir ni mú. De no fallar ni una vez cuando más haces falta y de preocuparte y cuidarme cuando lo necesito y cuando no. De millones de fotos juntos, de los chistes malos del día. De películas, de contarte los lunares de la espalda cuando estás dormido, de minutos de gloria que valen más que todo el oro del mundo… quién me lo iba a decir. Que todo esto que estamos construyendo merece la alegría, por que siempre he odiado la expresión “merece la pena”.
Y es que, después de tanto y a la vez tan poco, en comparación con lo que está por venir, sólo puedo decirte que no lo podemos dejar escapar porque esto es algo que sucede una vez y nunca más. 

martes, 31 de marzo de 2015



Podías haberme pasado por alto y yo haber seguido con mi insulsa vida de permanente domingo y pitillos a medias en la puerta de la facultad. Podía haber hecho caso a la voz que empezó a decirme que me iba a arrepentir. Le hice caso de hecho, pero no escuché de qué me arrepentiría después y me lancé a por todas. Y a por ti. Sin paracaídas y sin salvavidas. Ni yo me reconocía y claro, cuando me quise dar cuenta de que planear no es lo mismo que volar ya me había dado el tortazo. Pero no me reprocho nada porque salté al vacío con la certeza de que si acaso era una caída libre ya me las arreglaría para cuando necesitase paracaídas.
Podías haber seguido sentándote al final sin hacer ruido en mi vida y yo haber seguido obviando tu existencia porque estaba realmente tranquila sin ti. Con mis más y mis menos, ya sabes, mis rompecabezas de fin de semana y llegando siempre tarde.

Mi amiga Raquel dice que uno quiere y otro se deja querer. Y lo que a mí me pasó es que nunca quise dejar de creer en ti. Pero también me dice que nunca juegue todas mis cartas y yo las mostré desde el principio. Todas. Para que si algún día tenía que arrepentirme, no fuese por no haber jugado limpio y hasta el final.
Pero ya ves, se trata de jugar y pierdo una y otra vez.

Será que de momento no es mi partida o que nunca me gustó mucho eso de no tener tierra firme bajo mis pies. Será esa mierda que dicen de que las cosas buenas están siempre por llegar. No me lo creo.
Que alguien me explique el porqué, pero que no me intente convencer con una mentira que además me estoy volviendo cada vez más desconfiada. “Aprende a ponerte la coraza”. Prometo que estoy aprendiendo.  
Y que alguien intente convencerme con algo realmente bueno porque mi respuesta siempre será que por si acaso lo prefiero todo ahora, por si cuando llega ya me he ido. No sé a dónde ni por cuanto tiempo, sólo que me habré ido.
De donde tenía que haberme largado hacía tiempo o de donde pensé que quizá nunca me iban a echar.

No me arrepiento en absoluto porque un día quise quedarme, simplemente es que he comprendido que cada uno tenemos un lugar en el mundo y desde luego ese no era el mío. Si nunca lo fue no lo sé porque un día lo sentí mío e indestructible. Pero ya ves, a veces basta el aleteo de una mariposa para que en la otra punta del mundo se genere un huracán.
Y pienso que ojala pronto se borren mi huellas de por aquí, por autocompasión quizá porque creo que se borraron incluso antes de que decidiese irme. No sé si las mareas de septiembre harán el resto. No sé si naufragaré en alguna de las tormentas que se avecinan, lo que si puedo asegurar es que estoy esperándolas. A todas ellas. Que no haré nada por evitar lo inevitable pero tampoco correré a su encuentro. Que venga cuando tenga que venir porque siempre estaré esperándolas. Aunque lleguen siempre tarde, como yo. Y será mi sitio, de eso estoy segura, por lo que cojo mis tropiezos y me voy.

Puedes hacer lo que quieras con los recuerdos, yo tengo el terrible defecto y la enorme virtud de perdonar y olvidar. Y no te escribo a ti, sino a mí y a mi amiga Raquel para que vea que sé que puedo, aunque me resista al quiero.

Me voy a donde sea, no sé si a dos paradas de autobús o a la vuelta de la esquina. A alguna ciudad con mar, o mejor no. A mirar la ciudad desde la ventana de alguna cafetería y a pensar en porqué no dejo de pensar. En mí, desde luego.
Me voy de donde hace tiempo debí de darme cuenta que era prescindible, y como siempre me voy tarde, pero me voy. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Quiero decir que esta historia no me pertenece.
Un día fue mía pero me marché con cuidado y con todas las consecuencias.

He arrastrado abolladuras y maletas de norte a sur y no he tenido ni para empezar.
Y lo que pasó al abrir la puerta de nuevo, fue lo que pasa siempre que vuelves después de mucho tiempo a un lugar que no ha cambiado, y ves que quien ha cambiado eres tú. Y qué rara me siento de nuevo a la deriva.

Pero bueno, volver siempre es no irse nunca y supongo que lejos me sentiría como cuando a un yonki le quitan su dosis diaria. Al fin y al cabo, acabo volviendo al punto exacto donde lo dejé.

Cerca del mar se veía todo de otro modo. Más pequeño, más lejano, más borroso.
Como si nunca hubiese estado aquí. Como si en septiembre no me fuese a hacer falta volver. Y mira.

Antes de que empiece el otoño debería contarme que ya no estoy allí, y que ya no está en el aire ni en la piel su olor, ni guardo su sabor en los labios. Y debería entender que me quedo aquí, y que me esperan días grises detrás de los cristales de echar de menos las tormentas de verano.

Me vuelco un poco más, y me envalentono pisando sobre las huellas que hicieron mis pies antes de irme. Creía que se habrían borrado pero ahí siguen, a pesar de las mareas. Los poso y ya no encajan. Sigo teniendo el mismo número y las mismas huellas, pero parece que no tengo la misma vida.

Y miro alrededor.

Antes de que empiece lo intento. Con cuidado y con todas las consecuencias. A pesar de las mareas.



sábado, 24 de mayo de 2014






Hombre, ¿qué tal estás? Ha pasado mucho tiempo ya. No esperaba verte por aquí, ¿sabes? Dime si ha sido pura coincidencia que te invito a un trago.
La verdad es que sigo acordándome de ti, se que te dicen que no has cambiado nada. Bueno aquí no ha cambiado nada tampoco, todo sigue tal y como lo dejaste al irte y ya ves, parece que no ha pasado el tiempo cuando se te ocurre volver a aparecer.

 Te conozco bien, bueno, antes te conocía bien. Sé que unas cuantas cicatrices y copas después sigues teniendo tantas ganas como miedo y que intentas ocultar en vano que te brillan los ojos, pero que el motivo ni me lo imagino. Sé también que hoy tienes una de esas noches de bailar y sonreír. Para qué más, ¿verdad?
Si es que no has cambiado nada.
Si es que sigues pidiendo lo mismo y sigues en el bar de siempre, y mira, se te ha erizado la piel pero es por la canción o porque el aire acondicionado está demasiado fuerte, que ya me lo sé. Sigue sonriendo, que nadie va a notarlo.

Mírate. Estás preciosa. Y sigues evitando mi mirada cuando lo digo, pero ahórrate lo de llevarme la contraria, esta noche no. Es una verdadera pena saberte en tu situación y no poder (ni querer) hacer nada por remediarlo. Siempre fuiste un cúmulo de contradicciones ¿sabes?, y sigues sin descartar ni una de las opciones porque todas te parecen perfectamente válidas, aunque ninguna lo suficientemente buena. Qué ironía, ¿verdad?

No has cambiado nada joder, no intentes que parezca que sí. No pienses que no recordaba cada pequeño gesto de tu cara por imperceptible que trate de ser. Háblame de ti porque quiero saber hasta dónde eres capaz de llegar. Pero dime lo que siempre he querido oír.
Y no te olvides de las mentiras. Siempre me gustaron. Tiene gracia como haces de ellas un verdadero arte.
Siempre con la mentira adecuada en el momento oportuno, y siempre has recordado todas las que en su día dijiste para tener una buena coartada. Conmigo no funcionan ya... o sí.

Y de imaginación ¿qué decirte? Siempre tuviste una imaginación desbordante. Supongo que fue lo que te catapultó a la mayoría de las mentiras.

¿Bailas? Recuerdo que eras una gran bailarina, veo que no has perdido facultades. Cierra los ojos un momento y captura este instante para siempre. ¿Ya? Sé que nunca fuiste capaz de conformarte con lo efímero cuando se puede disponer de la eternidad, y la eternidad a veces es un instante. O una eternidad será lo que pase entre este instante y el siguiente en el que te vuelva a ver.
Pero no nos engañemos, esta noche no.

Cuando llegue seguirás siendo sólo un recuerdo que olvidar que pretende hacer ver que ha cambiado, pero no. Será el mismo bar, beberás lo mismo, brillarán tus ojos pero no del modo que creo y mentirás diciendo que no recuerdas para nada esta conversación.

Y para aquél entonces querrás reconocer que nada ha cambiado. Y te buscarás en mis líneas preguntándote si hablan de ti, como hasta ahora, porque todo sigue igual, ¿no?



Posiblemente sea que sí. Y probablemente ya no.


Los bares tienen estas cosas, por muy alta que esté la música hay conversaciones que resuenan bien dentro.

jueves, 27 de febrero de 2014

Deberías

Deberías ser un derecho fundamental. Estar recogida en la constitución. Obligada por decreto ley. Aprobada por minorías muy absolutas. 
Deberías estar patentada. Registrada como propiedad intelectual, industrial, personal y emocional. Dejar en ridículo y evidencia tanta copia y falsificación.
Deberías estar protegida. Parque natural. Maravilla del mundo. Reserva de la biosfera. Patrimonio de tu Humanidad.
A partir de cierta hora, deberías estar prohibida. Sólo para adúlteros. Sólo para ellos, y para mis ojos. La menos apta para casi todos los mayores.
En el resto del territorio, deberías prodigarte por entregas. Darte de poquito en poquito, perdona pero es lo que tiene ser tú.
También deberías salir en las películas. En todas las previsibles. En todas las que necesiten un gran final. Y en las que vayan directamente a dvd. 
Deberías figurar en los cuentos. Contra toda bruja mala, a por todo lobo feroz.
Deberías ser noticia. En todas las ediciones, justo después de los deportes, antes de cada temporal.
Deberías estar en los sellos. Sólo en cartas de amor, de las que ya nadie escribe, de las que ya nadie quiere leer.
Deberías sonar todo el día, una canción con tu nombre. Una de esas que es casi imposible versionar sin caer en herejía o sacrilegio. 
Y hablando del tema, deberías tener tu lugar reservado sobre cada altar. Para irle dando por saco a cualquier santería o santidad.
Deberías hacer tantas cosas.
Como por ejemplo, volverte dinero. Tan fácil de perder, tan difícil de ganar. Y a veces, volverte hostia. Tan fácil de ganar, tan difícil de olvidar.
Deberías ser producto de gran consumo. Acompañada siempre de tu slogan. Ni se le ocurra salir sin ella.
Ser camiseta. O mejor, ropa interior. Imagino que no hay que explicarte por qué.
Deberías llegar a todos los kioscos. Entre chucherías muy dulces y revistas que se compran por los artículos de investigación.
Igualmente habría que colocarte en las farmacias. Entre profilácticos con sabores y pastillas para la lumbalgia, dosis de 2, 4 y 6 carcajadas al día.
Deberías cobrar por suspiro. Plus de peligrosidad cada vez que hicieras suspirar. 
En cuanto al precio, no sé, deberías salir más cara que las putas de lujo, pero tampoco tanto como un político, no nos vayamos a engañar.
Deberías convertirte en trofeo. Y declararte desierta edición tras edición.
Salirte de todos los mapas.
Crecerte en los circos de enanos.
Poner a parir a todas las burras.
Y a caer de un burro a las que aún no lo son.
Deberías embotellarte en frascos de perfume. Que hubiese que restregar mucho para sacarte de la botella. Y luego encima tuviesen que concederte los 3 deseos a ti.
Fabricarte a mano y a máquina. Estamos todos hartos de tanto frotar.
Patrocinar las cajas de kleenex. 
Poner a prueba el blanco de Ariel.
Y ya puestos, deberías mirar mejor con quién andas. 
Deberías alejarte de mí.
Aunque al final, supongo que acabarás haciendo lo que siempre haces.
Lo que te da la gana.



lunes, 3 de febrero de 2014






















"Las grandes decepciones nos hacen refugiarnos en las cosas pequeñas. Eso es lo que me está pasando a mí. Vuelvo a escuchar las canciones que me gustaban en mi adolescencia, hojeo viejas novelas con páginas ajadas por el tiempo, me pregunto qué será de aquella chica con la que me crucé una tarde, sueño con barrios que ya no existen, con amigos que he perdido para siempre.
Me había hecho la ilusión de que mi vida sería mejor al conquistar ciertas metas, al lograr cierto grado de bienestar y de reconocimiento profesional, pero ahora siento una añoranza irresistible por el pasado, cuando no poseía nada pero tenía todo el tiempo por delante.
Mi mayor placer ha sido no hacer nada, la ensoñación pura y dura. Mi distracción favorita era la de observar a las personas y las cosas. Cuando era niño, me pasaba horas mirando las orillas del Ebro y el curso del agua, que ejercía sobre mí una atracción hipnótica. Y ahora disfruto de los atardeceres rojos de este Madrid en primavera.
No creo que lo que da sentido a nuestra existencia sea acumular poder o lograr un alto nivel de vida material, lo verdaderamente esencial es comprender. Y ello es extremadamente doloroso porque, en última instancia, comprender es darse cuenta de la fragilidad de todo lo que nos rodea.
Cuando uno se acerca a los 60 años, empieza a tomar conciencia del carácter perecedero de lo que importa, de las personas que jamás volveremos a ver, de los libros que no leeremos, de los sentimientos que no podremos recobrar. Entramos sin ser todavía conscientes en el club de los corazones solitarios.
Recuerdo con extraordinaria viveza, como si hubieran sucedido ayer, cosas que me pasaron hace más de 40 años. Y asocio esa impresión de pérdida a lo que debe experimentar una persona que siente todavía el brazo que le han amputado.
Me gusta retornar a los sitios que forman parte de mi historia. Pero ello siempre me produce frustración porque nunca están como yo me los imaginaba en mi memoria. Todo fluye, todo cambia menos nosotros, que somos arrastrados por el paso de un tiempo que nos destruye. Esa conciencia de la fugacidad hace más precioso cada instante porque en él se condensa toda la eternidad.
Así lo expresa de forma poética Leo Ferré en La solitude: «es inútil mirar detrás de tí porque el futuro y el pasado se confunden como el día sucede a la noche»."

martes, 21 de enero de 2014

Se marcha un enero más, y ya van dos.

No es un buen día. O una buena noche, depende cómo lo mires. Yo prometo que no lo veo aunque no dejo de mirar. Será porque la bombilla ahora es de bajo consumo, y lo único que parece consumirse es mi paciencia y el tiempo. Y el cigarro que no debería estar fumando porque se lo prometí a mamá, pero estamos en exámenes. Venga, que por uno no pasa nada. 

Por hoy me rindo, pero no bajo la guardia. No sé si me explico...
Sin querer he vuelto a dejar la mirada perdida y he levantado la ceja. Me doy cuenta pero me da igual, y entonces va y se sienta a mi lado. "A lo mejor no se ha dado cuenta de que existen más bancos en el mundo", pienso. 
Me conoce lo suficiente como para saber que no quiero hablar pero que no seré yo la que se levante primero. 
Que qué tal me pregunta. Como si no supiera la respuesta. Montones de apuntes que no bajan. Sólo se oye el silencio de una biblioteca abarrotada y hace un rato se ha puesto a llover. Que en los días grises no hay perro que me ladre. Y a veces se me juntan con enero, y entonces muerdo. Así que le miento. Le digo que bien. Todo bien en la Universidad, hasta espero sacar matrícula en algún examen de febrero. Le miento. Y saco el móvil y leo por encima el mensaje que acabo de recibir. No lo guardo con prisa, me demoro para asegurarme de que lo ha leído de reojo. Si en el fondo somos iguales joder. 
Silencio y ataco. He conocido a alguien. Es buen chico, te caería bien. Le miento más. Da una calada a su cigarro y sonríe, y sus ojos también sonríen detrás del cigarro. Cuánto me alegro cariño, me dice. Y le miento y lo sabe. 

Hace un rato se ha puesto a llover, y de repente suena una canción en mi cabeza que me recuerda que existen las razones y las causas. Aunque estén tan perdidas como yo. Y joder, que tengo diecinueve años. Me sobran los motivos y me recuerdo a mi misma que algún día agradeceré haber roto la promesa de mamá. Aunque fuera por un rato. 

Llueve y doy una última calada. Dejo en Pause a Quique González, y otra vez esa sonrisa que sabe ganarme la partida en modo experto. Llueven besos de esos que se dan y quitan la vida. 
Nadie sabe cuándo terminará el ir y venir de bibliotecas y mentiras, pero yo estoy segura de que será pronto. 



sábado, 28 de diciembre de 2013


" Sé dónde te encuentras ahora mismo. Me gusta recordar que sigues en la misma posición en la que te vi por última vez. Estás tumbada boca abajo y tu brazo izquierdo está escondido debajo de la almohada, mientras que el derecho cuelga por el borde de la cama. Tendrás la luz de la mesilla encendida y un libro caído en la alfombra sin el marca-páginas puesto. 
Estás dormida. Llevas exactamente 52 minutos en esa posición. Quizá yo estoy invadiendo un pequeño lugar en tus sueños, o quizá no has vuelto a soñar conmigo desde aquella noche de verano. Nunca lo sabré.


Me imagino la forma de cada una de las arrugas que te salen cuando frunces el ceño porque la mano izquierda se te duerme si lleva mucho rato en la misma posición, y conozco el gesto con el que te apartas ese mechón de la cara que es lo único que te hace volver a la realidad.
También sé cómo es el olor de tu piel cuando te pones crema hidratante después de ducharte. Cómo no iba a acordarme yo, que he recorrido tu cuerpo entero, saltando de lunar en lunar. Sabría reconocer el sonido de tu dientes chocando con los míos entre un millón de ruidos, y créeme que lo daría todo por verte reír una vez más después del choque. 
No sé que ha sido del tímido roce de tu nariz con la mía, ni de cuando dejabas la mirada perdida y yo te besaba en la frente. Ya no sé que queda en nosotros de aquellos dos que discutían por nada sabiendo que lo mejor estaba por llegar cuando el otro se atreviese a pedir una tregua. En la radio sonaba tu cantante favorito y me ha llevado a ti. He vuelto durante un rato, aunque supongo que ni te acuerdas de que un día me aprendí todas sus estúpidas canciones por cantarlas contigo. 

Tu siempre odiaste las despedidas, y yo nunca supe que decirte cuando se hizo inevitable, sin embargo tengo una que es mi favorita. Me la enseñaste tú: "vete que ya estoy deseando verte volver". Gracias supongo. 

"Nunca quiso ser de nadie" dice la canción. Qué razón tiene. Empiezo a entender que te gustase tanto, todas sus letras hablan de ti. Cómo la odio Irene, no te imaginas cuánto. Siempre supe que a la larga habría canciones que detestaría escuchar y siempre supe que tu no acabarías mientras existiesen esas canciones. "  

lunes, 25 de noviembre de 2013

El lugar más bonito del mundo






Conozco el lugar más bonito del mundo. Sólo unos pocos han conseguido estar y saben de lo que hablo. 
 Ahora mismo estoy aquí. En mi lugar. Escribo desde aquí porque abandonarlo un domingo me parece, a parte de cruel, correr un riesgo innecesario. 

Hablo de mi cama.
Guardo en ella los más amargos y los más bonitos sentimientos que he palpado. Creo firmemente que hay dos partes del día que definen verdaderamente cómo somos las personas: justo cuando nos despertamos y justo cuando nos acostamos. Es en esta soledad cuando de verdad dejamos aflorar todo el torbellino de pensamientos que nos bombardean a diario, constante y disimuladamente.  En mi caso, los trae de la mano el insomnio de los domingos. 
Nos pasa, supongo porque se trata del único momento en el que las personas nos encontramos enfrentadas tan sólo a nuestra mente, a nuestro cerebro, a nosotras mismas, mirando directamente y a los ojos a nuestra cara más vulnerable. Nos torcemos hacia nuestro lado más humano. 

Hace poco alguien me dijo que si me había planteado la posibilidad de que existen personas que estarían dispuestas  a pagar por saber lo que pensamos justo antes de quedarnos dormidos. Me pareció bonito a la par que estúpido. Me erizó la piel, y caí en la cuenta de que yo misma pagaría por saber quién me recuerda a mí al cerrar los ojos en esa soledad. Por curiosidad, nada más.

A mí, personalmente, me gustaría saber si en mi completa ignorancia he alimentado, e incluso puede que siga alimentando, la alegría de una persona ajena. Quizá si lo supiera me daría cuenta de que ni siquiera se me habían pasado por la cabeza esas personas. O a lo mejor encontraría a alguien de dentro de la lista de personas en las que alguna vez he pensado yo antes de dormir.
Quizá sea sólo ése el mensaje que pretendo que me llegue. No puede haber algo más grande que el hecho de ayudar a crecer un sentimiento sin hacer nada. Un buen sentimiento. Uno bonito. Saber que hay gente que detestaría todo aquello que pueda hacernos daño al igual que se alegra por todo aquello que nos hace felices.

Creo que no sabemos donde tenemos que buscar la felicidad.
 La mayoría de las veces nos equivocamos de lugar, de cosa o de persona. Y qué va a decir alguien que encuentra la felicidad absoluta construyendo una fortaleza con el edredón. 
Está donde menos la esperamos. Se esconde en sitios verdaderamente fáciles de descubrir. Incluso se nos presenta delante, clara, con una capa transparente. Y no sabemos verla. No queremos verla porque lo bueno es menos fácil de creer. Si nos fijamos, podemos encontrarla en cualquier lado. En cualquier acción. En cualquier gesto. En cualquier sonrisa que intercambias con un desconocido por la calle. En un edredón nuevo. En abrir los ojos por la mañana y ver que no estamos solos. 

Tengo que empezar a dejar de sobrevivir a los domingos, de tirar 24 horas a la basura como si me sobrara todo el tiempo del mundo. Porque no. No nos sobra, y no estamos como para andar ocultando sentimientos.

lunes, 11 de noviembre de 2013





















  
 A veces me pregunto si de verdad sé utilizar los recuerdos.
Envidio a aquellos que no hacen demasiado caso a su pasado, yo me suelo reconocer más en el grupo de los que se aferran a él mediante los montones de fotos, pulseras, entradas, juguetes, cartas y libros que guardo por los rincones de mi habitación. 

Alguna que otra vez me ha dado por repasar en voz bajita cada detalle, cada gesto o cada palabra que los hicieron tan especiales. 
Las que pronuncié y las que oí. Las que no dije por cobarde y que me dolían más a mi por pensarlas que a los demás por no oírlas aún sabiendo que estaban. 
Recuerdo a diario cosas que querría olvidar, y a veces olvido otras que querría recordar para siempre. 
No hay un sólo día que no me recuerde a mi misma que hacer las cosas bien vale el doble, que para hacerlas mal no se hacen. 

Nunca antes se me había ocurrido que qué pasa cuando hacer las cosas bien implica dejarlas a medias porque es mejor así. Lo hecho hecho está y desgraciadamente, ya no puedo hacer nada por modificar, resetear o borrar; pero he encontrado el punto de unión entre lo que no hice, lo que hice mal y lo que hice a medias: lo curioso de las personas y lo magnífico de las circunstancias. 

Recuerdos. Al fin y al cabo estamos hechos de recuerdos. Existimos porque alguien nos recuerda, pero... ¿Qué conseguimos recordando? 
Supongo que será que cuando nos sentimos vacíos, cuando nos estancamos y cuando buscamos cosas nuevas, parece más fácil retroceder. 
Da menos miedo. Está relacionado con el "más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer". Somos adictos al placer de la nostalgia; a recurrir a todo aquello que tuvimos, dijimos, fuimos, sentimos y vivimos porque da la seguridad de un final conocido.
E incluso nos hace querer volver a vivirlo, a tenerlo, a decirlo... lo que, lamentablemente, considero un enorme e inevitable error.  
No rozar la herida, no aceptar otro trago... No se debería tratar de eludir el pasado pero tampoco querer volverlo a pisar. 


"Quien decide cuando acaba lo viejo y empieza lo nuevo no es un día del calendario, ni un cumpleaños, ni un nuevo año. Es un acontecimiento grande o pequeño algo que nos cambia que nos da esperanzas. Una nueva forma de vivir y contemplar el mundo, para dejar marchar los viejos hábitos, los recuerdos. Lo importante es saber que siempre se puede volver a empezar, aunque también es importante recordar que entre todo lo malo siempre hay cosas a las que merece la pena aferrarse."

viernes, 25 de octubre de 2013

OLD HABITS DIE HARD



Lo recordaba, y el pretérito imperfecto se hacía tan real como que ahora ya no sonrío en el sofá negro. 
Las miradas de reojo a las escaleras por si se deja caer, escasean. No recuerdo ya la última vez que me llevé un codazo y un "déjalo ya", pero soy muy de reincidir y de sonreír para que no me lo tengan en cuenta, así que de vez en cuando se me escapan porque "hoy quizás si". 
Ya sabes; old habits die hard, y si lo dice Mick Jagger debe ser verdad.

Tiene un no se qué, que qué sé yo pensar que lo mejor de todo no eran las cervezas, las risas o la música de fondo; era la compañía.
El juego se basaba en estúpidas indirectas, en silencios y miradas desafiantes. En música alta y en una calle a la que le faltaban los grados que le sobraban a mi cubata. En manos que se buscaban y bailes en los que encontrarse.
Era lo de siempre pero esta vez no era como todas las demás. Y lo tenía tan cerca que no podía verlo. Sabía cómo manejar la situación, o eso creía. Supongo que por esa obsesión de tener todo bajo control, de no dejar nada a la improvisación.
Nada de casualidades, todo controlado hasta el más mínimo detalle. Al igual que las conversaciones para cada momento, torcía el morro si se me torcían los planes o se ponía la cosa seria con las palabras adecuadas. Me mordía el labio con los comentarios que no venían al caso.

"Ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad" y otro escalofrío frente a frente, con un "hoy quizá sí" demasiado evidente. Tenía tantas ganas como miedo. "Ten cuidado" me repetía a mi misma. Y no valió de mucho.
Estaba escrito con las luces de neón, en la etiqueta de las botellas de alcohol que hicieron el resto, en mi reflejo en el espejo de aquél ascensor.
Lo decían las canciones de mi aleatorio en el viaje de ida.

Podría haberlo evitado antes de que llegara la noche. Tendría que haberme quedado en casa, con un buen libro y algún acústico endulzando pensamientos amargos y remordimientos de por vida. Meterme en la cama aún con la ropa puesta. La palabra cobarde martilleándome la cabeza. The right side of the wrong bed.
Que sonara el móvil, que fuera alguien recordándome lo cobarde que era. Más remordimientos. Pero no. Aquello ya no iba conmigo. Así que ascensores, viaje de ida, canciones en aleatorio y alcohol.
A partir de ahí excesos y humo. Más miradas desafiantes. Había veces en que no hacían falta. Silencios y secretos a partes iguales. Se me derritieron entre los hielos las veintidós razones por las que no debía hacerlo.
Dicen que las palabras se las lleva el viento… pero yo no lo creo, o no quiero creerlo, porque es lo único que me recuerda que hubo una vez manos que se buscaban y ojos en los que quería quedarme a vivir para siempre. Sonaba Wonderwall y me sentí absurda. Empezaba a perderme y el desliz resultó evidente.

Ahora silencio. Hasta hoy no me había atrevido a recordar o mencionar ese momento. Porque saber que era de verdad daba miedo. Da miedo.




¿Sabes lo que te pasa? no tienes valor, tienes miedo, miedo de enfrentarte contigo misma y decir está bien, la vida es una realidad, las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad. Tú te consideras un espíritu libre, un ser salvaje y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula. Bueno nena, ya estás en una jaula, tu misma la has construido y en ella seguirás vayas a donde vayas, porque no importa donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma.

sábado, 19 de octubre de 2013

   

 


“Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste, ni que estuvimos juntos, no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser por los dos. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan verdad ni tan cierto. Te tomarán por loco, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar.
Cuando sepas de mí, tú calla y sonríe, jamás preguntes qué tal. Si me fue mal, ya se ocuparán de que te llegue. Y con todo lujo de detalles. Ya verás. Poco a poco, irán naufragando restos de mi historia contra la orilla de tu nueva vida, pedazos de recuerdos varados en la única playa del mundo sobre la que ya nunca más saldrá el sol. Y si me fue bien, tampoco tardarás mucho en enterarte, no te preocupes. Intentarán ensombrecer tu alegría echando mis supuestos éxitos como alcohol para tus heridas, y no dudarán en arrojártelo a quemarropa. Pero de nuevo te vendrá todo como a destiempo, inconexo y mal.
Qué sabrán ellos de tu alegría. Yo, que la he tenido entre mis manos y que la pude tutear como quien tutea a la felicidad, quizás. Pero ellos… nah.
A lo que iba.
Nadie puede imaginar lo que sentirás cuando sepas de mí. Nadie puede ni debe, hazme caso. Sentirás el dolor de esa ecuación que creímos resuelta, por ser incapaz de despejarla hasta el final. Sentirás el incordio de esa pregunta que jamás supo cerrar su signo de interrogación. Sentirás un qué hubiera pasado si. Y sobre todo, sentirás que algo entre nosotros continuó creciendo incluso cuando nos separamos. Un algo tan grande como el vacío que dejamos al volver a ser dos. Un algo tan pequeño como el espacio que un sí le acaba siempre cediendo a un no.
Pero tú aguanta. Resiste. Hazte el favor. Háznoslo a los dos. Que no se te note. Que nadie descubra esos ojos tuyos subrayados con agua y sal.
Eso sí, cuando sepas de mí, intenta no dar portazo a mis recuerdos. Piensa que llevarán días, meses o puede que incluso años vagando y mendigando por ahí, abrazándose a cualquier excusa para poder pronunciarse, a la espera de que alguien los acogiese, los escuchase y les diese calor. Son aquellos recuerdos que fabricamos juntos, con las mismas manos con las que construimos un futuro que jamás fue, son esas anécdotas estúpidas que sólo nos hacen gracia a ti y a mí, escritas en un idioma que ya nadie practica, otra lengua muerta a manos de un paladar exquisito.
Dales cobijo. Préstales algo, cualquier cosa, aunque sólo sea tu atención.
Porque si algún día sabes de mí, eso significará muchas cosas. La primera, que por mucho que lo intenté, no me pude ir tan lejos de ti como yo quería. La segunda, que por mucho que lo deseaste, tú tampoco pudiste quedarte tan cerca de donde alguna vez fuimos feliz. Sí, feliz. La tercera, que tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad. Y la cuarta, -por hacer la lista finita-, que cualquier resta es en realidad una suma disfrazada de cero, una vuelta a cualquier sitio menos al lugar del que se partió.
Nada de todo esto debería turbar ni alterar tu existencia el día que sepas de mí. Nada de todo esto debería dejarte mal. Piensa que tú y yo pudimos con todo. Piensa que todo se pudo y todo se tuvo, hasta el final.
A partir de ahora, tú tranquilo, que yo estaré bien. Me conformo con que algún día sepas de mí, me conformo con que alguien vuelva a morderte de alegría, me basta con saber que algún día mi nombre volverá a rozar tus oídos y a entornar tus labios. Esos que ahora abres ante cualquiera que cuente cosas sobre mí.
Por eso, cuando sepas de mí, no seas tonto y disimula.
Haz ver que me olvidas.
Y me acabarás olvidando.
De verdad.”
Risto Mejide.

viernes, 18 de octubre de 2013

¿Cómo no te voy a querer?

6 DE OCTUBRE DE 2013

"Hoy es el cumple de la petarrrrrrda esta. Deberíais conocerla. Bueno, mejor no...No hay nadie más pesado que mi hermana. Y menos mal que como ella no hay dos... (que noooo, que es broma).
Es difícil de mirar pero no porque sea fea ni mucho menos (bueno, si que es fea, sobre todo los domingos por la mañana, es horrible, me da miedo), pero volviendo al tema, es difícil de mirar porque hay que ser muy valiente para llegar hasta su ventrículo izquierdo. Se de lo que hablo, lo estoy estudiando en biología -.-, y os aseguro que quien consigue llegar ya no se va nunca de ahí. Yo que la empiezo a conocer os prometo que es como un libro abierto pero que no entiendo ni una de sus páginas.

Se fija en casi todo. En chorradas, en detalles, en el más mínimo gesto o mueca. Nada se la escapa. Nada. A veces creo que es imposible que se de cuenta de esas cosas y la digo que deje de inventárselo. Pero no miente, porque no sabe mentir. La entra la risa y puuuum pillada-bronca-castigo. Es una idiota porque siempre que ha dicho alguna mentira la han pillado mamá y papá...
Dice lo que piensa aunque papá la diga que piense antes de hablar y mida las palabras. Siempre acaba saliendose con la suya. Siempre. O el 90% de las veces.

Es una caprichosa de mierda, y lo que más me jode es que, como he dicho antes, siempre, repito, SIEMPRE acaba consiguiendo lo que se propone. Ahora creo que quiere unos pantalones cortos de Zara.
Lo que no me termina de quedar muy claro es eso de como consigue ser dura y orgullosa y borde y a la vez tener un corazón tan grande que no le permitiría hacer daño a una mosca. A lo mejor es por eso que me dice de que no le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti y porque a la vez tiene miedo de que se lo hagan a ella. Qué lio. La he estado espiando últimamente y creo que está enamorada. Hasta las trancas. Pone unos tweets de flower power y unas bobadas que harían a Winnie the Pooh vomitar purpurina. No me la imagino con novio. No se si habrá tenido alguna vez novio, ya se lo preguntaré jajajajaja.

Se nota cuando está y se nota cuando falta. Sobre todo porque me toca a mi poner la mesa siempre y porque no discutimos por la ropa.
Se come los helados de mercadona con cucharilla y directamente de la tarrina, se enfada y habla muy rápido cuando oye alguna noticia mala o triste en la tele. Le gusta el fútbol, en casa somos del Real Madrid todos y madre mía como defiende a Mourinho. No entiendo muy bien porqué, porque ahora ya no está pero bueno. Se que escribe bobadas en un blog y que le gusta leer muchos libros. A mi no me gusta nada leer. No nos parecemos en nada. Se esta sacando el carnet de conducir (digo yo que aprobará algún diaaa ) y montamos  a caballo juntas.

Hace cosas inexplicables como ver las ocho películas de Harry Potter del tirón o tomar el sol hasta que se pone tan morena como los niños africanos esos que quiere adoptar de mayor. Dice que los adoptaría a todos. En fin, está loca.
No le gusta cumplir años, hoy está como un zombie, yo creo que ayer se emborrachó un poco porque esas ojeras... pero la veo triste, con lo que molan los regalos y que te felicite todo el mundo... no hay quien la entienda. Habrá discutido con el novio o se habrá olvidado de que es su cumple. O no, será que dentro de poco ya le saldrán arrugas y así si que no se echa novio ni de coña. Bueno me voy que va a soplar las velas (muy a su pesar jajajajaj). Feliz cumple tataaaaaa diecinueve tirones de oreja que te voy a daaaaaaar ADIÓS DIARIOOO!!"