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jueves, 19 de septiembre de 2013


Dime cuántas canciones te hablaban de mí.

Cierra la puerta, 
ven y siéntate cerca, 
que tus ojos me cuentan, 
que te han visto llorar. 

Cuéntame que no me estás echando de menos
en Septiembre (o sí),
y que será como aquella canción
de los años 80.

Recuerda si alguna vez pensaste 
que yo era para siempre esa reina y su bandera
sin la que no podías vivir, 
que no había manera. 

Si andabas despistao
y tenías pensado
invertir el tiempo que no te hiciese falta,
en caricias en mi espalda. 

No me niegues que me buscaste en tus planes, 
 perdiendo altura con esos aviones de Pereza,
 a punto de salir,
 rumbo al Copenhague de Vetusta Morla.

Y reconoce que me esperaste  
 en cada estribillo de Calamaro 
 porque nada de esto fue un error.

Pero sigues creyendo que el equilibrio es imposible,
 cuando vengo y te hablo de nosotros dos,
 aunque seamos de mentira,
 y aunque sea un rato.

Tú háblame de las noches sin dormir, 
 de allí dónde solíamos gritar, 
 de cuando decías soy fan de ti.

No se si te acuerdas, 
 así que asómate a la ventana
 que no es demasiado tarde para comprender
 que soy la chica de ayer.

Sin embargo un rato cada día,
 cuando brille el sol te recordaré si no estás aquí, 
 pero no hay principio ni final,
 sólo lo que quieras ir contando.
 
Tuviste una oportunidad
 y la dejaste escapar, 
 pero aquí estaré esperando mientras viva,
 para dormir cuando no estés.

Y si cuando llegues al final te marchas, 
 camina despacito que las prisas no son buenas,
 sin saber cómo ha venido,
 nos ha cogido la tormenta.
 


Basta con que vengas a decirme lo mismo que tantas veces me has dicho para que yo me acuerde de tus prontos, tus movidas, de tus idas y venidas, de tus fobias y tus filias. 

lunes, 2 de septiembre de 2013

"En primer lugar, hay que haberlo extrañado mucho, hay que haberlo extrañado bien. Los que no tuvieron tiempo de despedirse saben perfectamente de lo que estoy hablando. Los que nunca se atrevieron a pedirlo, también.


Su significado es siempre el mismo, bajo cualquier circunstancia, en cualquier país, de cualquier lengua, credo o tradición, y parte de la segunda condición fundamental para dar uno como dios manda. Necesitas lo que significa. Y significa, en esencia, que no estás solo.

A partir de aquí, los requisitos se van complicando. Y es que todo depende de tener algo muy fuerte en común. Algo que, de pronto y sin haberlo previsto, sintáis los dos con la misma intensidad. Se trata de un momento, de un solo instante. El tiempo justo para que ese algo tan real y tan verídico no pueda dibujarse con palabras.
No sé si me explico. Pero si eso ocurre, todo cambia. Desde ese momento, abrazarse ya es otra cosa. Estáis atrapando verdades. Una cacería de instantes. Un compresor de realidad. Enzarzarse en las ganas del otro y apretar hasta que se extingan.



Me fascinan los abrazos bien dados. Creo que resultan aún más memorables que cualquier palabra, gesto o relación. La única forma física conocida que tiene el ser humano de parar el tiempo. El único punto y seguido entre todo lo que se puede llegar a sentir.
No sé muy bien por qué hoy me ha dado por hablar de esto. Supongo que porque creo que andamos muy faltos de abrazos reales. O quizás porque a más de uno, hoy le vendría muy bien. 


El caso es que, lamentablemente, a los abrazos les pasa como a los besos, las caricias, los matrimonios, o las patadas en los huevos.
Si no los consumas a tiempo, acaban todos caducando" 


-Risto Mejide