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viernes, 16 de agosto de 2013

Yo creía que era el miedo a oler tu colonia en otros y buscaba tu mirada entre los ojos de la gente. Suplicando no encontrarla. Y como era de (des)esperar, ahí estabas.

Vestías mi sonrisa preferida. Me preguntaba una y otra vez que hacía una chica como yo en un sitio como ese. Repasando en que momento exacto doblaste una esquina de mi vida como si se tratase de la página de un libro.

Y frente a frente me di cuenta de que no estábamos ahí porque algo nos unía aún, sino porque habíamos ido a ver cómo nos matábamos. 
Lo único que no estaba muerto eran las ganas y lo que llenaba el cenicero eran las promesas rotas de esas que haces después del amor.

Nunca se te dio bien nuestra historia aunque reconozco que contando cuentos te superas. Y bailando al lado sin rozarme.

A veces en agosto me da por morir de pena. Otras siento que es horrible mirarte pero que no puedo dejar de hacerlo. Y ya no me creo que el fin justifique los medios, porque ahora se trata de ponerte fin a ti.

No se si echar(me) a correr o echar(te) de menos. Debería decidirme antes de que llegue septiembre y me dé más vértigo asomarme a tus manos que coger ese avión. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que algún día dirás vuelve sin darte cuenta de que nunca me fui.