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domingo, 7 de septiembre de 2014

Quiero decir que esta historia no me pertenece.
Un día fue mía pero me marché con cuidado y con todas las consecuencias.

He arrastrado abolladuras y maletas de norte a sur y no he tenido ni para empezar.
Y lo que pasó al abrir la puerta de nuevo, fue lo que pasa siempre que vuelves después de mucho tiempo a un lugar que no ha cambiado, y ves que quien ha cambiado eres tú. Y qué rara me siento de nuevo a la deriva.

Pero bueno, volver siempre es no irse nunca y supongo que lejos me sentiría como cuando a un yonki le quitan su dosis diaria. Al fin y al cabo, acabo volviendo al punto exacto donde lo dejé.

Cerca del mar se veía todo de otro modo. Más pequeño, más lejano, más borroso.
Como si nunca hubiese estado aquí. Como si en septiembre no me fuese a hacer falta volver. Y mira.

Antes de que empiece el otoño debería contarme que ya no estoy allí, y que ya no está en el aire ni en la piel su olor, ni guardo su sabor en los labios. Y debería entender que me quedo aquí, y que me esperan días grises detrás de los cristales de echar de menos las tormentas de verano.

Me vuelco un poco más, y me envalentono pisando sobre las huellas que hicieron mis pies antes de irme. Creía que se habrían borrado pero ahí siguen, a pesar de las mareas. Los poso y ya no encajan. Sigo teniendo el mismo número y las mismas huellas, pero parece que no tengo la misma vida.

Y miro alrededor.

Antes de que empiece lo intento. Con cuidado y con todas las consecuencias. A pesar de las mareas.