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sábado, 27 de abril de 2013


"Querida Irene:

Las luces de septiembre me enseñaron a recordar tus pasos desvaneciéndose en la marea. 

Sabía ya entonces que la huella del invierno no tardaría en borrar el espejismo del último verano que pasamos juntos. Te sorprendería comprobar lo poco que ha cambiado todo desde entonces.

En las cada día menos frecuentes ocasiones en que me aventuro bahía adentro en el velero, embrujado por la memoria de aquellos días en que surcábamos la bahía de vuelta al puerto al caer la tarde, me parece volver a ver las luces parpadeando en la oscuridad. Pero sé que ya no hay nadie allí. Nadie.

Recuerdo que una vez te hablé de una cueva y yo te conté la fabulosa historia de un siniestro pirata corso cuyo buque fue engullido por la gruta una noche de 1746. Mentí. Nunca hubo ningún contrabandista ni bucanero pendenciero que se aventurara en las tinieblas de aquella gruta. En mi defensa puedo decir que ésa fue la única mentira que oíste de mis labios. Aunque probablemente lo supiste desde el principio.

Esta mañana, ha sucedido otra vez. Por un segundo creí verte en el porche de la Casa del Cabo, mirando hacia el horizonte en silencio, como te gustaba hacerlo. Cuando las gaviotas han alzado el vuelo, he comprobado que no había nadie allí.

A veces pienso que todos se han ido a algún lugar lejos y que yo me he quedado atrapado en el tiempo, esperando en vano que la marea púrpura de septiembre me devuelva algo más que recuerdos. No me hagas mucho caso. El mar tiene estas cosas; todo lo devuelve después de un tiempo, especialmente los recuerdos.

Creo que, si cuento ésta, ya son cien las cartas que te he enviado a la última dirección tuya que pude conseguir en París. A veces me pregunto si has recibido alguna de ellas, si todavía te acuerdas de mí y de aquel amanecer en la Playa del Inglés. Tal vez así sea, tal vez la vida te ha llevado lejos de aquí, lejos de todos los recuerdos de la guerra.

La vida era mucho más sencilla entonces, ¿recuerdas? ¿Qué digo? Seguro que no. Empiezo a pensar que sólo soy yo, pobre tonto, el que todavía vive del recuerdo de todos y cada uno de aquellos días cuando aún estabas aquí, a mi lado... " 


Carlos Ruiz Zafón, Las luces de Septiembre.


domingo, 21 de abril de 2013

No quería que me recordases como la chica que va sólo al cine para hincharse de palomitas, que sabe escribir los versos más tristes por la noche y que escucha bajito discos raros al amanecer.
Como la que estrena lunares para que la den besos nuevos y fuma verde para poder ver el mundo menos gris.

No quería ser la que con un par de copas de más arregla el mundo los sábados por la noche desde un sofá negro y la que llora siempre con el final de su libro favorito. Tampoco quería ser la despistada que veía las notas de dentro del bolsillo del pantalón al sacarlo de la lavadora ni la que escribe historias bonitas porque con la suya no puede.
No entraba en mis planes ser la que te pide el visto bueno cada vez que escribe, ni convencer a un amor platónico para que te dedicase un simple feliz cumpleaños.

No quería que pensaras en mi como la loca que había apostado y perdido la cabeza el año pasado por un amor que calaba hondo en los huesos, ni como la que acaba borracha pintándose una peca como la tuya encima del labio. No habría imaginado que siempre iba a querer llevarte conmigo sin saber a dónde iba, ni que iba a aprender a querer como se quieren los patos. No habría creído ni una palabra de Sabina sino hubiese sido por ti.

No sabía muy bien cómo tenía que escribirte todo esto para que fuese tan bonito como tú, y no se puede. Simplemente no se puede. Pero si que puedo acercarte Palencia a Oviedo y hacer que sonrías un domingo por la tarde. Y recordarte todas esas veces que me haces sonreír tú. Porque eres de las que ayuda a pasar la página y a acabar el libro. Porque abril está hecho para escribir y para sentirme afortunada por tenerte en mi vida. Porque quedan poquitas como tú. Porque eres de las que más quiero.





miércoles, 17 de abril de 2013



Sin apenas darme cuenta el "Yo de mayor..." está cada vez más cerca y lo siento como el vértigo que da asomarse a un precipicio. A veces por la mañana me levanto con las ideas claras y con ganas de comerme el mundo pero cuando se hace de noche y vuelvo al colchón que aún huele a ti, otra vez desisto y es el mundo quién me engulle a mi. 

A veces me acuerdo de ti y me pregunto porqué ya no dueles. 
A veces sonrío porque sé que tu también me recuerdas al escuchar Over the Rainbow. 
A veces me pregunto porqué no sé utilizar los recuerdos. Otras me concedo un ratito para soñar contigo en vez de pensar en ti. 
Es algo así como caer en picado. Dejarme naufragar para recordar tu sonrisa hablando de no se qué ciudad y de no se qué película de Woody Allen. 

"Ya tenía las horas contadas contigo, y ambos lo sabíamos aunque no queríamos enterarnos". Y le doy la vuelta a la almohada como cuándo dábamos la vuelta al mundo sin salir de esta habitación. 
Ya habrá otro que se parezca un poquito a ti. Que piense que hay canciones que llevan mi nombre y domingos que tienen cosas que contar sobre mi. Me consuela pensar que "oportunidades así llegan cada dos por tres" y en el fondo, muy al fondo se que no es más que otra forma de autoengañarme, para que el precipicio cada vez se haga más pequeño y el mundo más habitable. 

Si algo es seguro, es que cada día aprendo un poquito más y te recuerdo un poquito menos, aunque por las noches se me olvide olvidarte. 
Y sé que sigues con tus manías y tus cigarros de madrugada. Aunque cambies tú, hay cosas en ti que no cambian. Y sé que miras al cielo fumando en el balcón con la certeza de que ahí arriba hay estrellas aunque la contaminación de esta ciudad no te deje verlas. Igual que yo te miraba con la certeza de que te irías para no volver aunque me dijeses que si. Y sigo escribiendo y tu sigues fumando. What a wonderful world.

El "Yo de mayor..." tiene toda una vida para alcanzarme. Tengo muchas cosas que hacer antes de crecer y muchas cosas que hacer cuando crezca. 
Yo de pequeña quería ir a África a salvar vidas, pero creo que primero tienen que salvarme a mi. También quería ser bailarina y escribir historias. 

Escribir. Quizá significa que el "yo de mayor..." me está alcanzando, y que ha llegado el momento de hacerse mayor. Y de que me salven.

La nostalgia es tan caprichosa que no necesita razones para doler, y escribir lo que duele es increíblemente bonito.