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domingo, 20 de enero de 2013

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor

No soy capaz de aguantarme. La certeza de que voy a tener el cielo entre mis manos y la única mirada que apunta al centro del miocardio palpitan debajo de mi piel. Voy despacio, para dar tiempo a  que se acorte entre nosotros el espacio. Aparento estar tranquila pero en el fondo sabe que estoy temblando, y en los dos segundos posteriores al choque de pupilas el suelo se desvanece debajo de unos tacones de infarto.

Cierro los ojos y abre los labios. Se alejan los monstruos que no me han dejado ver y comprendo que bailar con la muerte no es buen plan, en cambio hacer eterno este momento y contarle en un beso mis dieciocho veranos en playas del norte si lo es. Repaso el daño causado por chicos perfectos en algún que otro crimen imperfecto. Escondo una sonrisa y guardo un ojalá debajo de las pestañas. Recuerdo el vinilo de los Stones rayado por el tiempo. El fondo del vaso en el que olvidaba para siempres que no encajaban en mis planes y las mañanas de domingo en la estación donde he coleccionado noches sin dormir. Amantes de tres días, vicios incontrolados y miedos que esperaban junto a mis libros de mesilla. El cenicero donde se apagaba toda esperanza, las historias que me quedan por escribir. La botella de ron clavada en el corazón, mi espalda que se estremece debajo de sus yemas y los besos guarros en un ascensor.

Los ya nos veremos de portal y los bailes de azotea.
El inquilino de un corazón que no me corresponde.
Los arquitectos de algo nuevo con forma de puntos suspensivos y sabor a yerba.
Pero de vuelta a casa de madrugada me echo en cara lo poco que dura la vida eterna.
Los mil pedazos en los que tengo que romperme para dormir cuando él no esté, la rutina, las horas mirando por la ventanilla de ese tren que nos separa, aunque nos haya unido todo lo demás.










estoy lejos, y no me arrepiento

domingo, 6 de enero de 2013

Borrón e historias nuevas.

Tan sólo cinco páginas escritas y una a medias. Trescientas cincuenta y nueve en blanco y el bolígrafo a la mitad.
Dicen que tras un buen final sólo puedo venir un comienzo mejor, que nada dura eternamente y que hasta el último adiós puede no ser el definitivo

Algunos ven el nuevo año como una nueva oportunidad para empezar esa vida menos mala que ya prometieron trescientos sesenta y seis días atrás, y suelen ser los mismos que con un tachón sustituyen por un trece el doce de su lista de propósitos.


Año nuevo, medias nuevas porque las de noche vieja acaban rotas y chinadas, y digo medias porque no quiero vida nueva, con la vieja me conformo.
Mismos sueños y mismos vicios. Mismos defectos pero más ganas.
Me sobran tentaciones y me quema la impaciencia.
Sigo diciendo que las luces brillan más en la oscuridad de Carpanta, y catorce más que una.
Sigo con mis amores de barra y el lápiz de labios mal puesto en el baño.
Sigo reproduciendo en aleatorio pero cambiando la canción hasta que suena la que me gusta.
Sigo en el bar de siempre con mis trece estrellas.
Sigo haciendo la lista de cosas por hacer. Ir al gimnasio, sacarme el carnet de conducir, aprobar todo.
Sigo cenándome el techo de mi habitación y escondiéndome debajo del edredón los domingos de resaca.
Sigo queriendo escapar lejos para comprobar cuanto tardo en regresar al sitio del que me marché.

Seguimos creyendo que el uno de enero aunque siempre parezca un domingo, es el principio del resto de nuestras vidas, y últimamente yo también he imaginado que era así, pero en realidad para qué cambiar de vida si la que tengo es la que siempre había querido.
Voy a seguir prometiendo ser mejor de lo que era y un poquito menos borde, pero eso no quiere decir que lo vaya a lograr. Aunque siempre me han dicho que si no lo voy a cumplir, no lo prometa.

No se que nos van a prometer o que será lo que no logremos. Lo que está claro es que 2013 no podía empezar mejor.