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lunes, 29 de octubre de 2012

No te quiero tanto





"Íbamos a hacer el amor y parecía que volvíamos de la guerra" ha sido la única conclusión a la que hemos llegado una taza de poleo-menta y yo mientras veía las últimas fotos que me hicieron con el. 
No había peores fotos ni mejor borrachera que la de esa madrugada. 

Jugábamos a las cartas con sus cartas de amor en la cara oculta de la azotea. La ciudad dormía bajo aquél séptimo y teníamos la cabeza en los pies para ver las estrellas. Fue lo más cerca del cielo que estuvimos nunca y comprendí lo que era el vértigo el día que me asomé al precipicio de sus ojos después de comerle a besos. 

Si tu saltas yo salto para al final no saltar ninguno de los dos.
Se vestía deprisa y se encendía un cigarro mientras me guiñaba un ojo a través del espejo del baño. 
Me besaba en la frente y se iba de puntillas para no hacer ruido, siempre con restos de mi rímel en el cuello.

Le gustaban mis ojos y a mí sus ojeras. El estaba más guapo sin camiseta y con olor a Marlboro. Yo estaba más borracha de amor que de alcohol.
No pretendí cambiar el mundo aunque me habría encantado, y tampoco le habría cambiado a el por nada del mundo.
Cuando su piel dormía a diez centímetros de mis labios, hacía en mi cama más calor que en el Sol, y de eso estoy segura.

El cielo se nubla hoy y no sólo en Palencia, también en los ojos de la chica de la habitación de al lado.
Los pies a un par de palmos del suelo todavía pero prometo que estoy intentando mantenerlos en la tierra. Detrás de mi una escena y alguna que otra frase que repetir.
A veces te enamoras un viernes de octubre por el paseo marítimo de Santander y te das cuenta de que estás realmente perdida cuando los acordes de Andrés Suárez rompen el silencio de la noche en tu habitación, y hacen que se te erice hasta el miocardio con cada letra. 
A veces piensas que puede haber muchas formas de entenderlo pero sólo una de escribirlo y es esta, porque no se guardar cartas en la manga cuando se trata de hablar de amor.
El mismo amor que me abrasaba sólo quema, ya no escuece, y tu me buscarás cuando te des cuenta de que necesitas encender lo que se apagó.

De momento "ni creo en el amor ni te echo de menos" hasta nueva orden.


lunes, 22 de octubre de 2012

la adrenalina del amor que se amotina


"Tu me recuerdas a los versos del poema que no logro escribir, a la canción que nunca escucharé y al lugar al que jamás he ido." 

Lunes gris sin el humo de un peta que me pinte una sonrisa de colores y con el reservado de la Zona de Mimos vacío.
Toca volver a las historias del zulo, a mis naufragios entre apuntes y a las resacas que te rompen el corazón y los labios a mordiscos. Bibliotecas hasta arriba de gente en las que reinan los silecios incómodos y pesan los minutos delante de mares de apuntes y hojas en sucio.
No se si estás aquí para hacerme polvo o para echármelos pero pocos labios han conseguido hacerme frenar estando al borde de un abismo de diez años luz de volver a verte.
Has venido a contar tus penas y tus batallas pero mis heridas de guerra siguen abiertas, y escuecen cada vez que el alcohol barato me quema la garganta.

Está bien todo eso del amor civilizado, las escenitas de salón y que te abran la puerta del coche, pero se queda en un rato de distracción  y al volver a casa el lado en el que me acuesto a mirar al techo sigue siendo el tuyo; porque el amor que no te quita la vida te quita el sueño
A estas alturas de la canción la línea de tu mano entre mis curvas lanzando indirectas con puntería no tiene rival, y el cigarro de después de amar a los tipos que colecciono a los pies de mi cama se consume entre nuevos rotos y viejos descosidos.

A veces pienso que que hace una chica como yo en un sitio como éste, tan lleno de sonrisas vacías y tan falto de mar, pero por muy lejos que me marche siempre colecciono fracasos en vasos llenos de ti. 
A veces echo de menos nuestras noches de tormenta como peces de agua dulce por mis sábanas saladas, o tus pupilas surfeando por los lunares de mi espalda.
A veces mido la ansiedad en ceniceros y la tristeza en litros, pero siempre consigo sobrevivir a que llueva sobre mojado en el infierno y a los noviembres dulces.

He hablado tu lenguaje con otros y he tenido días en los que no tenía la cabeza para hacerte un tema. 
He encontrado al sol escondido en la cara oculta de la luna mientras yo buscaba tu sonrisa torcida.
He hecho cursos intensivos de besos con acento de sal en la voz y he buceado dentro de dos sudaderas y una manta pero nunca ha sido suficiente abrigo si se trata de tiritar por amor.

Ya lo decía el guión de alguna película; las huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos y tu fuiste el único que me rozó el miocardio.






domingo, 21 de octubre de 2012

me tengo que largar..

Yo bebía whisky y bailaba Sweet Jane. Tu me preguntaste con las pupilas mazo de abiertas "¿Qué es Rock&Roll?" mientras clavabas en mi oído tu lengua. 
Sólo buscabas para no soñar chica guapa y muy caliente, y yo me creía de esas princesas que necesitan tipos que coleccionar a los pies de su cama. 
Nos bebimos el mar que es sólo una miguita, y puse a tu nombre mi talón de Aquiles.

Nuestra vida era como un blues de Brownie Mcghee y ninguna película conseguía hacernos llorar. El invierno llegó primero a la avenida de la Estrella Polar y las dos vidas que hacen falta para convencerme pasaron rapidísimo en el colchón que reventó nuestros otoños.

Me sentía más cerca de los Beatles que de tus discos de Jazz cuando a tu lado perdía mi tiempo dos días triste, dos días pedo.
A veces pienso en aquella tarde cuando quise decir paz y salió guerra, y sigue ardiendo el colchón donde tu y yo empapamos nuestros flacos huesos secos tiritando el día que nos bebimos a morro.
El amor de verano que se había colado en mi habitación dejó de ser la estrella de los tejados y tuvo que empezar a dormir en la estación de tren. Te volviste una colilla entre mis dedos apagada, cada vez más solos y más pellejos.

Quería tenerlo tan claro como lo tenías tu y me bajaba al bar de la esquina porque seguro que ahí encontraba algo para cantar. Te decía llévame al baile: era obsesiva y un poco 666, y quería besarte algo que no te hubiese besado ya.
Fuimos como dos leones con los pelos de punta en aviones a punto de salir rumbo a La Latina porque no queríamos ser como los demás.
Nos crecían cuernos y rabo en vez de un par de alas blancas viendo los programas de prensa rosa y fumando un canuto, tus pecas de panecillo integral me jugaban malas pasadas cuando te quedabas con mi parte y yo me colgaba de tu voz.
Probé fortuna con héroes de barrio que todavía dudan si voy a volver, comprendí que nadie iba a entenderlo porque era una locura.
Decías que el universo era para ti un feo lugar para olvidarme y nuestro violento amor parecía un accidente.

La sonrisa que sigues buscando de repente en un bar todavía hoy recita cosas de Bécquer cuando se pone blanda después de un revolcón, si suena Chuck Berry en alguna piscina privada. Pregúntame si me paso el día rucu rucu disimulando las ganas que te tengo, y seré capaz de contarte algo que no te haya contado ya.
Hoy te has quedado pillado al verme aunque no me quieres ver ni en broma, pero sigo siendo la pequeña sonrisa de Amelie que te tenía cagado, y el día que no pueda más dejaré de ponerme los pitillos ajustados con los que juego a ser la Rock Star de la manada.

Yo ahora sólo busco que me tiemblen las piernas pero no quiero tambalearme; porque entre caminos, autopistas y semáforos en verde la vida se pasa buscando estaño para soldarnos.
Girando como una noria, cogiendo altura o dejando señales mientras vivo rápido para no pensar, porque se me ha ido la olla por completo.

No intentes seguir mi velocidad ni tampoco ir a ver si estoy, que vivo a tu lado sin estar contigo aunque seas un jugador sin autocontrol pero con estilo like a Rolling Stone, y no quede noche para más que un último baile.
Dejamos por escrito que no íbamos a abandonar, y tu habitación recibía un vis a vis quincenal.

La burbuja de champagne francés más bonita que ninguna a veces busca respuesta mirando al cielo aburrida, preguntándose si estará una noche de verano a las 4.26 colgada de cualquiera que le guste trasnochar; y probablemente la encuentres tirando de ese corazón, que suelta en una carcajada todo el aire para después respirar.
Dime dónde va a ser el fiestón y dónde estarás esta noche, cuántas grupis habrá haciendo maravillas para encontrar tu número y buscarte las cosquillas. Quiero creer que todavía te preguntas qué llevaré puesto hoy.
Mi corazón arde como el Windsor porque soy un poquito Satanás y La Cenicienta, y aunque no lo puedas decir me quieres a veces.

Una de tantas historias prohibidas no aptas para menores de edad. Hubo días largos, besos guarros y un naufragio con vicios caros, pero tu como quien oye llover.

Sólo es una aproximación pero sigues siendo mi rincón favorito de Madrid.



 





sábado, 13 de octubre de 2012

Chicas como tú en sitios como este.

Era la luz blanca del cartel de ese bar lo único que se veía al final del túnel. Había pasos que se perdían entre el barullo de risas a media voz y susurros que proponían maniobras de escapismo a soportales. Había manos con experiencia que huían de miradas indiscretas y tentaciones para llegar al cielo con los pies en la tierra. 

Te diste cuenta de que ya no eras una niña mientras bailabas, y la única que parecía pequeña esa noche era la ciudad.  Bebías una copa y pretendías que cicatrizasen con vodka las heridas abiertas por amores baratos de un rato demasiado largo. Mucha gente pero pocas personas para caer en la cuenta de que ya habías estado aquí antes, acariciando otro fracaso. No cambia la ciudad pero si la compañía y su nombre. 

Los recuerdos de vuestros besos bajo la lluvia, las pecas de su nariz y los lunares en la espalda empezaban a escocer al ver el vaso medio vacío, sentada en el rincón de pensar. Ahí fue donde una vez la tenue luz hizo que tan sólo fueses capaz de percibir la sombra de sus labios entre los colores que se reflejaban en la pared. 

Aquí dentro siempre ha habido puzzles de pupilas que se buscan una y otra vez con el único propósito de encontrar labios que abriguen del frío. Hay madrugadas en las que al escuchar la música y encender un cigarrillo, te das cuenta de que en el otro extremo de la barra hay una rubia teñida de miedos y un hielo que hace aguas en su whisky, mientras ella intenta mantenerse a flote entre problemas sin aparente solución. 

Volveréis a estar los dos en ese rincón porque habéis acabado más de una noche en un tejado mirando al cielo en primavera y habéis visto al sol salir desde su azotea en otoño con el abrazo de la manta y el cenicero. Recuerda que incluso has acabado en camas que se inventaron para no dormir algún que otro rato en los que el cielo gris no era lo único que llovía.

Con la cabeza en los pies para ver las estrellas, te dan ganas de bailar lento y un poquito más pegados. No es día para volverte loca con ellas porque sabes que la única canción que estás deseando que suene es esa que te parte el corazón al oírla, pero no por eso la dejarías de escuchar. 

Vuelves aquí porque tienes la esperanza de que la pongan una vez más, mientras la casualidad hace que él baje en ese preciso momento por la escalera para congelarte las ideas y apagarte la voz. 
El final de la noche tiene que encontrarte aunque algunos finales tardan mucho tiempo en llegar, pero cuando lo hacen es casi imposible ignorarlos.  
Algunos comienzos empiezan con el corazón en silencio pero con música de fondo, y ni te enteras de que están ocurriendo.  

La vida aquí se basa en principios y finales, y se pasa como las canciones. Primero una, luego otra y otra más.
Dicen que es igual en el amor, que no vuelve para quedarse pero que vuelve, con otras inconfundibles miradas y maneras, bolsillos llenos de te quieros por decir y con más ganas que nunca, pero le echas de menos entre tus planes, y de más en otros bares si no son este, porque hay un sofá negro y cuatro paredes rojas donde un día empezó a sonar el amor como rutina, y la canción que nunca llega a su final.
Pero aunque camines por otros lunares y naufragues en otra piel, nunca subirás tan alto a pesar de ser un sótano. Nunca caminarás para buscarle pero sabes que lo encontrarás en esta barra de bar que hace las veces de vertedero de amor, y cuando te diga venga, tu dirás vale.




lunes, 8 de octubre de 2012

Confessions on the roof


Solía salirme a la azotea y fumarme un par de cigarrillos en el silencio de una ciudad dormida, en ese cachito de cielo donde siempre brillaban las estrellas a pesar de las luces de las farolas y la contaminación de los coches.  
 Por aquel entonces escuchaba acompasados mi respiración y mis latidos mientras me preguntaba una y otra vez porqué siempre he hecho tan difícil lo que, en teoría debería de ser fácil, y la explicación la encontré viendo amanecer sin más compañía allí arriba que una manta y un cenicero en el que se apagaban amores del pasado con cada uno de mis pitillos, una noche de finales de septiembre.  

Han pasado muchos por mi vida, pero nunca nadie me llenó lo suficiente y siempre todos fueron más de lo que deberían haber sido, quizá por eso hubo quién me partió el alma y las caderas bailando al compás desenfrenado de dos corazones, sin más intención que un beso entre labios cobardes. 
 Tuve amantes en cada rincón de la ciudad, que desaparecían al amanecer para volver a mi vida siete noche después, e incluso llegué a pensar que alguno llegaría a invadir una mitad de la zona de mimos. Alguno llegó a decir que me tenía calada pero nunca lo creí; porque la verdad es que ni yo misma me entendía. Hubo quien lo intentó, pero nunca conseguía conocerme. Nunca me dejaba conocer. 
 

Ahora cuando subo a fumar a la azotea en las noches de otoño es para empañar los cristales de mis recuerdos y a pesar de que la manta sigue siendo mi único abrazo, el corazón se me congela porque el frío me anestesia del dolor. Siento esa jodida sensación que me recuerda que cuando empieza a empezar me ilusiono y que todo se termina acabando con la palabra decepción tatuada una vez más en mis pupilas. Por eso mis ojos se cansan de ver siempre cómo se repite la ultima escena: mis finales son el mismo repetido.  

Algo me dice que este es el momento que necesitaba para no agachar la cabeza y avanzar. Que acabo de poner un punto y final y creo que precisamente era para dejar que alguien como tu realmente pueda presumir de que me conoce. Y dime que vamos a querernos y a mordernos hasta que nos duela. 
 Haz que me acabe dando cuenta de que yo que me creía invencible, también necesito besos en el cuello como el resto de los mortales, de esos que te dejan sin aliento... y que a veces estoy más perdida cuando no me pierdo en otras calles y me encuentras en otra piel, porque mi pelo es el lugar perfecto para que descubras que no sólo resguardan del frío y de la lluvia los soportales, mientras yo naufrago a mis anchas en el azul de tus ojos. 


 


 







sábado, 6 de octubre de 2012

SEISDEOCTUBRE

"Hace dieciocho otoños llegaste a nuestras vidas en un jueves gris y crudo. Nerviosa y primeriza, me pasaba las horas observando en silencio como dormías, siempre con los puños apretados. Desde el primer momento tu respiración iba acompasada con los latidos de mi corazón. Naciste con unos ojos que no te cabían en la cara, con la naricilla chata y unos mofletes que daban ganas de morder." Son las primeras palabras de una carta que permanecía esta mañana junto a mi cabeza; hoy no tan llena de pájaros sobre mi almohada, igualmente rellena de plumas. 
La he leído intentando disimular alguna que otra lágrima que me emborronaba la vista de vez en cuando. La letra de mamá, tan firme y bonita como siempre. El más sencillo regalo de cumpleaños y probablemente el mas bonito de todos los que pueda recibir hoy. 

Primer sábado de octubre que se despierta con una alfombra de hojas y recuerdos y aquellas palabras que me decía ella siempre acariciándome el pelo: no te hagas mayor.  Ella quería trazar un plan para detener mi tiempo y convertirlo en eterno. Parar aquellas conversaciones en un banco del parque desde el que con cada palabra la admiraba más, y tenía mas ganas de parecerme a ella. Me enorgullece cuando me dicen que somos como dos gotas de agua, me gusta ser su vivo retrato; haber heredado su buen gusto, su carácter y sus principios. 
Ya que estamos hablando del tiempo diré que poco queda de aquella niña con el enorme lazo sobre el pelo, con el sol en las pestañas. Te diré que a su lado una vida nunca será suficiente, y que estas palabras son de acción de gracias por rescatarme todas aquellas veces que inevitable he naufragado. La niña de los ojos de gata creció y mamá Maite con ella. Ambas aprendíamos y despegábamos. Me enseñaba a volar y me impulsaba con cada racha de aire que se levantaba, haciéndome ver que cada día era una nueva oportunidad. Me acariciaba el pelo en aquel sofá azul, donde tantas horas hemos pasado juntas y donde ahora no cabemos las dos tan bien como antes. Hoy ya con mis dieciocho octubres puedo decirte que estoy segura de que vivo en sus ojos y caigo con sus lágrimas. 

La niña de los caros andares probó suerte en todas las pequeñas oportunidades que se le iban presentando, y así fue como conoció el amor y el fracaso, ahora sabe como pasa la vida junto a ella, conoció cursillos de besos acelerados en soportales al abrigo de la lluvia. La vida pasaba entre eneros con la compañía de una taza de chocolate bien caliente y julios con olas de plata en fines de semana en Santander. Haciendo balance, lo poco que he aprendido de la vida se puede contar tomando un café y fumando un cigarrillo, sólo basta una copa para entenderlo y dos para olvidarlo.  
Es tiempo de madurar, de respirar tranquila, de prescindir del humo y de volar; con ella. Otro día mas (o menos, según se mire para muchos) el cielo se confunde con las aceras, pero no mis intenciones con la ausencia de ganas, y consigo que se borren por fin los suspiros que callan los silencios. 

Porque puede que sea mi cumpleaños, pero a la que hay que felicitar hoy realmente es a ti mamá. 


Te quiero.