Lo recordaba, y el pretérito imperfecto se hacía
tan real como que ahora ya no sonrío en el sofá negro.
Las miradas de reojo a las escaleras por si se
deja caer, escasean. No recuerdo ya la última vez que me llevé un codazo y un
"déjalo ya", pero soy muy de reincidir y de sonreír para que no me lo
tengan en cuenta, así que de vez en cuando se me escapan porque "hoy
quizás si".
Ya sabes; old
habits die hard, y si lo dice Mick Jagger debe ser verdad.
Tiene un no se qué, que qué sé yo pensar que lo
mejor de todo no eran las cervezas, las risas o la música de fondo; era la
compañía.
El juego se basaba en estúpidas indirectas, en silencios
y miradas desafiantes. En música alta y en una calle a la que le faltaban los
grados que le sobraban a mi cubata. En manos que se buscaban y bailes en los
que encontrarse.
Era lo de siempre pero esta vez no era como todas
las demás. Y lo tenía tan cerca que no podía verlo. Sabía cómo manejar la
situación, o eso creía. Supongo que por esa obsesión de tener todo bajo
control, de no dejar nada a la improvisación.
Nada de casualidades, todo controlado hasta el
más mínimo detalle. Al igual que las conversaciones para cada momento, torcía
el morro si se me torcían los planes o se ponía la cosa seria con las palabras
adecuadas. Me mordía el labio con los comentarios que no venían al caso.
"Ten cuidado con lo que deseas porque puede
hacerse realidad" y otro escalofrío frente a frente, con un "hoy
quizá sí" demasiado evidente. Tenía tantas ganas como miedo. "Ten
cuidado" me repetía a mi misma. Y no valió de mucho.
Estaba escrito con las luces de neón, en la
etiqueta de las botellas de alcohol que hicieron el resto, en mi reflejo en el
espejo de aquél ascensor.
Lo decían las canciones de mi aleatorio en el
viaje de ida.
Podría haberlo evitado antes de que llegara la
noche. Tendría que haberme quedado en casa, con un buen libro y algún acústico
endulzando pensamientos amargos y remordimientos de por vida. Meterme en la
cama aún con la ropa puesta. La palabra cobarde
martilleándome la cabeza. The right side of the wrong bed.
Que sonara el móvil, que fuera alguien
recordándome lo cobarde que era. Más remordimientos. Pero no. Aquello ya no iba
conmigo. Así que ascensores, viaje de ida, canciones en aleatorio y alcohol.
A partir de ahí excesos y humo. Más miradas
desafiantes. Había veces en que no hacían falta. Silencios y secretos a partes
iguales. Se me derritieron entre los hielos las veintidós razones por las que
no debía hacerlo.
Dicen que las palabras se las lleva el viento…
pero yo no lo creo, o no quiero creerlo, porque es lo único que me
recuerda que hubo una vez manos que se buscaban y ojos en los que quería
quedarme a vivir para siempre. Sonaba Wonderwall y me sentí absurda. Empezaba a
perderme y el desliz resultó evidente.
Ahora silencio. Hasta hoy
no me había atrevido a recordar o mencionar ese momento. Porque saber que era
de verdad daba miedo. Da miedo.
¿Sabes lo que te pasa? no tienes valor, tienes miedo, miedo de enfrentarte contigo misma y decir está bien, la vida es una realidad, las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad. Tú te consideras un espíritu libre, un ser salvaje y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula. Bueno nena, ya estás en una jaula, tu misma la has construido y en ella seguirás vayas a donde vayas, porque no importa donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma.

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