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lunes, 19 de septiembre de 2011

De pequeña solía pasar las horas tumbada en mi cama observando el techo e imaginando… Al principio solía imaginar otro mundo, otras personas, otro presente… después vinieron las fantasías. Imaginar que puedes volar, no pensar en príncipes ni en reinos… creer que puedes encontrar un país perdido o salvar a la Tierra de algún malvado. Locuras de niños pequeños… añoranzas de personas mayores.
Creces. Y eso significa saber que nunca vas a volar, empezar a asimilar que ya está todo descubierto, que los seres humanos somos como somos y no hay más, los príncipes existen pero no tienen nada de azules, los sueños se cumplen pero como todo, tienen un precio…
Un día, sin embargo… cambias de opinión: siguen sin existir los príncipes azules pero aparecen el hombre que te quiere, mucho más que eso… podemos volar, ya sea lanzándonos en paracaídas o montándonos en un avión, descubres que todas las personas por muy raro que parezca tienen algo que las hace únicas, cumples tus sueños sin importarte el precio y eres feliz. Si esto es decrecer… bienvenido a mi infancia. 



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